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Juego puro, puro juego
Por Alexis Romay

(Texto leído en la librería LECTORUM, en Nueva York, el 22 de abril de 2005 en la presentación de las novelas El general Sombra, de Arnoldo Tauler, y Posesas de La Habana, de Teresa Dovalpage.)

Hay, al menos, una persona en el público que en este momento se está preguntando: ¿qué tiene que ver el estropajo con la lluvia? ¿Cuál es la causa de que El general Sombra, de Arnoldo Tauler, y Posesas de La Habana, de Teresa Dovalpage; o lo que es lo mismo: dos novelas (en apariencia) tan disímiles, sean presentadas al unísono?

Esta es una interrogante lógica y, en cierto modo, predecible. Como pronto notarán los lectores, los registros narrativos de ambos textos no podrían diferenciarse más.

En Sombra, Tauler brinda un concierto a dos voces; voces, dicho sea de paso, marcadamente masculinas. Por una parte, un narrador omnisciente relata los pormenores de un complot para descabezar al régimen cubano y, al hacerlo, especula con figuras de la Historia de este archipiélago caníbal —entre ellas, los Generales Ochoa, Abrahantes, los mellizos De La Guardia... protagonistas y actores secundarios de aquel polémico episodio que devino en la famosa Causa #1 de 1989—. Por otra parte, intercalado entre los detalles de dicha conspiración y en un insólito y riguroso examen de conciencia, el otro narrador (el ego de Fidel Castro) confronta, menuda tarea, al mismísimo Cocinero en Jefe mediante un recuento de sus acciones pasadas y presentes.

Por el contrario, Dovalpage hace que la trama de Posesas llegue al lector mediante cuatro voces; voces, dicho sea de paso, marcadamente femeninas. En este caso, las cuatro mujeres —que van desde una abuela ya ochentona hasta una niña de once años— cuentan sus desventuras y, a su vez, recorren el último siglo de vida en la isla. Todo esto acontece mientras avanza la dura noche urbana y, con ella, la histeria habitual provocada por la mezcla de un apagón (programado) con la acechadora amenaza de el Deslenguador —una versión caribeña de Jack el Destripador— que anda suelto por La Habana Vieja, colándose en casas ajenas, violando a las mujeres y mutilando sus lenguas para que no puedan dar testimonio de estos crímenes.

Regreso a la pregunta inicial del señor de la segunda fila: ¿qué tiene que ver el estropajo con la lluvia?

Existe una primera respuesta lógica (aunque algo perezosa): ambos libros tienen en común a Pureplay Press, casa editora empecinada en rescatar la cultura e historia cubanas de estas últimas cinco décadas de odios, manipulaciones, desmemoria y puro arroz con mango. (Lo de arroz con mango, ya se conoce, es una imagen más aplicable a los que vivimos fuera del juego… que en la isla, ¡no hay ni lo uno ni lo otro!).

Precisamente de esa carencia de arroz y mango y luz y privacidad y todo un cúmulo de necesidades básicas que brillan por su ausencia en los hogares de la capital, dan fe los personajes de Posesas de La Habana. Los personajes de El general Sombra, por su parte, testimonian otros miedos, otras carencias: éstos hablan de guerras internas entre los círculos más cercanos al Caballero de la Triste Figura, cocinan rebeliones que intentan recuperar sus ausentes o muy limitadas libertades políticas...

Siguiendo la misma lógica que conecta a las dos novelas mediante la casa editorial, podría aducirse también que ambas son novelas de autores cubanos, no emigrantes, exiliados, entes desplazados de su lugar de origen y, en cierto modo, despojados de su público natural, forzados a leer en Nueva York por la imposibilidad de hacerlo en La Habana. También podría alegarse que ambos textos recrean los descalabros a los que esta isla y su cúpula gobernante nos tienen ya bien habituados.

Sin embargo, estas novelas tienen un elemento en común mucho más sólido. Más allá del contexto sociopolítico que exponen —un país de ideas prehistóricas que se enmascaran con un halo de vanguardia—, su coyuntura geográfica —esa maldita circunstancia del agua por todas partes—, la época que abordan —coinciden principalmente en los últimos veinte años, sus dimes y diretes—, o incluso la misma actitud crítica ante el Gran Show, esa Farsa exquisita disfrazada de proceso histórico serio, que hasta tiene sus teóricos y teóricas, sus Premios Nóbel, sus tontos útiles con sus posiciones éticas (o eticiones póticas), sus jornadas de solidaridad con el hermano pueblo de Cuba, sus berrinches en la ONU, su increíble buena prensa...

Lo realmente llamativo de este singular dúo —valga el contrasentido— es que los personajes de ambas novelas comparten el mismo espíritu de indefensión. Los altos oficiales que conspiran con el General Sombra para derrocar al barbudo son tan vulnerables como el cuarteto de histéricas del barrio habanero.

La conexión es simple: todos los seres que habitan la isla, no importa en qué contexto, dependen de la voluntad de un largo y oxidado dedo índice. Y ese mismo índice que dicta sentencias de muerte a los conspiradores contra el poder es el dedo que se ocupa de apagar y encender las luces a lo largo de la isla, haciendo que esta se asemeje a un gigantesco y alucinante árbol de Navidades.

A la pregunta de ¿qué tiene que ver el estropajo con la lluvia?, mi abuela, que hasta ayer mismo vivió en esa Habana de generales, de sombras y de posesas, habría podido responder con sencillez republicana: "si no llueve, criatura de Dios, dime entonces ¿con qué vas a fregar los cacharros?".

 

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