Pureplay Press

Frijoles negros

Pagina inicialTitulos de PureplayEn el calderoQuienes somosFrijoles negros

 
  Carisma tropical

Por Teresa Dovalpage
  
Dice un chiste cubano: Le preguntan a un niño: “¿Qué quieres ser cuando seas grande?” Y el muchacho contesta sin pensarlo dos veces: “¡Extranjero!”

Mis amigos americanos no entienden ni jota. Y una los comprende. ¿Quién quiere ser un “alien”? ¿A quién le gusta tener la policía de inmigración detrás o ser un elemento extraño en la sociedad?

En Cuba, sin embargo, el chistecito tiene gracia. Durante mucho tiempo, los únicos que podían portar dólares allá eran los extranjeros, que compraban en las llamadas “diplotiendas” o “diplomercados”. Las tales diplotiendas, a pesar de su nombre, también prestaban servicio a un buen número de nativos. Según las leyes cubanas, un cubano de a pie no podía entrar en una diplotienda solo. Lo debía acompañar un extranjero, que además tenía que mostrar el pasaporte que lo acreditaba como tal antes de pasar al establecimiento. En esta situación floreció un singular mercado negro: extranjeros aprovechados que hacían su agosto cobrándoles a los cubanos con dólares el quince por ciento de lo que éstos gastaban en los diplomercados.

Cualquiera se pregunta: “¿Por qué se empeñaban los cubanos en comprar en las diplotiendas y no en los sitios donde podían hacerlo legalmente?”. Pues porque las tiendas que aceptaban pesos cubanos no se abastecían desde hacía tanto tiempo que sus mostradores se encontraban en permanente desnudez. Después de la caída del comunismo en Europa, los radios soviéticos, las conservas checas, los preservativos búlgaros y las cuchillitas de afeitar alemanas emigraron de los tiendas cubanas a una velocidad de espanto. La gente botó a la basura sus libretas de tiendas porque no se podía comprar nada con ellas. Las vidrieras de los comercios con pesos se volvieron hoyos vacíos en los que sólo se exhibían, para disfrute del público y por completo gratis, cagaditas de moscas.

En 1993 el régimen cubano legalizó la tenencia de dólares y los nativos pudieron usarlos sin correr el riesgo de ir a dar con sus huesos en la cárcel. Pero siguieron siendo ciudadanos de segunda categoría en su propio país. Los cubanos que han emigrado y vuelven como turistas reciben un tratamiento de primera, pero los que viven en Cuba no pueden, por ejemplo, entrar a determinados hoteles, no importa cuántos dólares tengan para pagar su estancia. Tampoco pueden visitar centros turísticos como Cayo Coco, a no ser que vayan con algún visitante “de afuera”. Necesitan una visa de salida para abandonar el país, aun cuando sea por unos días. La visa de salida, conocida como tarjeta blanca, puede demorarse meses o hasta años en llegar. Tanto la visa de salida como los boletos de avión y el costo de los pasaportes deben pagarse en dólares, mientras los sueldos se abonan en pesos. Así las cosas, nada tiene de raro que los muchachos cubanos aspiren a ser extranjeros algún día.

Imagínese usted a un cubanito de dieciséis años. Está bastante flaco, por el racionamiento del condumio y los viajes en bicicleta de un lado a otro. Ya no estudia en el pre universitario para evitarse los tres años de “escuela en el campo”, lejos de la casa y de la familia. Allí se come mal —peor que en La Habana— y hay que trabajar media sesión en el campo cada día. En lugar de eso, el muchacho, que se ha quedado en la ciudad, trabaja como mecánico de bicicletas, o, si le ha sonreído la suerte, en un negocito privado...e ilegal. A lo mejor se dedica a recorrer los alrededores de los hoteles con la esperanza de encontrar turistas a los que proponerles “una casa de familia cubana con todas las comodidades, desayuno y almuerzo incluidos, por sólo veinte dólares al día”.

En el Hotel Capri, el muchachito divisa a un cliente potencial. El turista está bien alimentado —demasiado bien, quizás. Ostenta un Rolex, verdadero o falso, una camisa hawaiana y una cámara japonesa que da la hora. A lo mejor luce también un cadenón de oro en el cuello. El turista se pasea por el lobby del hotel con una belleza nativa enganchada en su brazo. Y el habanerito lo mira con una mezcla de admiración y envidia, mientras piensa: “Quién fuera extranjero, cará!”.

Pero imagínese usted que los sueños del muchacho se cumplen. Que se gana una visa del Bombo americano, o que cruza el Caribe en balsa o que se empata con una española jamona o con una suiza solitaria fascinada por su carisma tropical. Consigue su visa de salida, su pasaporte y su pasaje. Al fin se va de Cuba. Pero una vez por tierras de extranjía, se da cuenta de que otras culturas no ponen a los extranjeros en el lugar de honor que éstos tienen en Cuba. Se entera de que la mayoría de los “nativos” miran a los extranjeros con simpatía en el mejor de los casos, y con miedo y desprecio en el peor. Comprende que él, y otros como él, se consideran razas exóticas o bichos peligrosos. Empieza a experimentar todos los síntomas del virus de la “otredad”.

El ex habanerito ahora desea, con desespero, integrarse a su cultura de adopción. Quiere ser un nativo, uno más del montón. Comienza a hablar otro idioma y a lo mejor se cambia el nombre. Su tremenda batalla termina cuando le dan una nueva ciudadanía.

Unos años después, regresa a Cuba. Ahora está bien alimentado —demasiado bien, quizás. Ostenta un Rolex, verdadero o falso, una camisa hawaiana y una cámara japonesa que da la hora. Para recalcar bien su estatus de ex cubano próspero luce también un cadenón de oro en el cuello. Se pasea por el lobby del hotel con una belleza nativa enganchada en su brazo. Y allá en las sombras, un habanerito lo mira con una mezcla de admiración y envidia, mientras piensa: “Quién fuera extranjero, cará!”.


Otras historias...
"Cuba en las márgenes del Hudson" por Paquito D'Rivera
"La brillante caja roja del amuerzo" por Mariela Ferretti





Teresa Dovalpage, nacida Teresa de la Caridad Doval, ha publicado dos novelas: Posesas de La Habana (Pureplay Press) y A Girl Like Che Guevara (Soho Press).
   
Si usted ha emigrado a Estados Unidos desde Cuba, a cualquier edad, y tiene un relato que desee compartir, con sumo placer consideraremos su aparición en este espacio. Por favor, remita su narración o narraciones a editor@pureplaypress.com. Aceptaremos materiales en inglés o español. Cualquier trabajo que publiquemos incluirá su traducción.


Copyright © 2005 Pureplay Press. Derechos exclusivos reservados.