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Frijoles negros

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  La brillante caja roja del amuerzo

Por Mariela Ferretti
  
Cuando niña yo era tan quisquillosa para comer, que mi madre jura que mis ojos son grandes porque, en vez de tragar la comida, me llenaba la boca hasta que no podía admitir más. Con cada bocado, el esfuerzo agrandaba mis ojos.

Los vecinos oían a mi madre gritar constantemente: “¡Traga, Mariela!”. Ellos bromeaban diciendo que me habían cambiado el nombre.

Yo era no sólo una niña sino también una refugiada, que luchaba con el paladar norteamericano en la cafetería de una escuela primaria, que aún no tenía mostradores de ensaladas o comida rápida; aunque probablemente esas alternativas no me hubieran ayudado. Lo que esta cubanita realmente necesitaba era el simple y básico arroz con huevos fritos, cocinados a la perfección por las amorosas manos de mi mamá.

Además de las tensiones de maniobrar con el inglés y tratar de hacer amistad con mis compañeritos de primer grado, venía el diario asalto a mi nariz de los aromas extraños del comedor. Entre la col agria y la espinaca me hubiera sido difícil escoger un ganador en la categoría “más ofensiva” y esos no eran, en forma alguna, los únicos culpables. Tenía también que luchar contra los palitos de pescado y los increíbles macarrones y queso. Oler y mirar lo que había tras el cristal del mostrador me traían lágrimas a los ojos.

Poco era el consuelo que recibía de los otros niños, que estaban muy ocupados con sus porciones de Americana para poder prestarme atención.

Después de algún tiempo, mi maestra, la Sra. Allen, concluyó que las cosas no iban muy bien, e informó a mi madre sobre el drama diario. La bondadosa señora norteamericana propuso una solución razonable: que me prepararan un paquete de comida en la casa. Mi mamá estuvo a la altura de la sugerencia, pues si hay algo que una madre cubana entiende es lo que el niño necesita para mantenerse. Una caja de almuerzo de brillante vinil rojo, decorada con niñas go-go en minifalda y botas blancas, apareció pronto en nuestra casa.

Mi madre me despidió, esperanzada, con la caja del almuerzo, mientras que yo experimentaba una sensación nueva de bienestar. Aquí, al fin, estaba lo predecible, confortable y alegre. Con arroz y huevos fritos en mi caja de almuerzo,  los personajes Sally, Jane y Dick de mi libro de lectura lucían de pronto mucho más agradables. 

Cuando sonó el tiembre del almuerzo, entré serenamente en la cafetería, saboreando por anticipado la fiesta cubana que estaba yo por disfrutar. Desafíé los olores que permanecían en el aire. Déjalos que coman espinaca, pensé. He vencido.

Con la respiración entrecortada por lo que esperaba, abrí mi brillante caja roja del almuerzo, y mis ojos contemplaron algo inesperado. ¡Dios mío! En la conversación entre la Sra. Allen y mi madre, algo se había perdido lamentablemente en la traducción. Allí, en mi caja de almuerzo, había un emparedado pegajoso de jalea y mantequilla de maní.

Y de nuevo me deshice en lágrimas.

(Traducción al español)


Mariela Ferretti es una de las voces más respetadas y dedicadas de la ciudad cubana en Miami, que contiene lo mejor de los dos mundos, según ella misma dice. Recientemente Mariela propuso que comenzáramos a publicar los recuerdos de exiliados cubanos, en cuanto afrontaron la tarea de ajustarse a la vida en Estados Unidos. Acogimos la sugerencia de Mariela y nos encanta comenzar nuestra serie con su relato.

Mariela, que nació en Camgüey, vino con su familia a Estados Unidos en el puente aéreo de refugiados que se conoce como Vuelos de la Libertad. Obtuvo su título de Bachiller en Administración de Negocios en la Universidad Internacional de la Florida, y ha estado activa en muchos proyectos de publicidad y comunicaciones. Mariela contribuyó al recién publicado volumen Voces tras las rejas (Firmas Press), una colección de testimonios sobre la prisión política de nuestros días.

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