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Por Paquito D’Rivera |
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En 1953 o ’54, cuando yo era muy joven, mi padre trajo a casa un album de Benny Goodman grabado en vivo en Carnegie Hall, en la ciudad de New York. Fue la primer orquesta de Jazz que se oyó en aquel lugar, que hasta entonces había sido dedicado exclusivamente a la música clásica. Mi Viejo —en realidad no era tan viejo— sacó el disco de de su cubierta a colores y lo puso en el tocadiscos Sylvertone portátil que había comprado a crédito, reciéntemente, en la tienda Sears de Marianao. Muy cuidadosamente puso la aguja en el vinyl negro e inmediatamente oímos las felices familiares notas de “Bailemos”, el tema musical de Benny que mi padre, cuando estaba de buen humor, tocaba en su saxofón tenor mientras caminaba por la casa. El legendario clarinetista judío devino, al momento, mi ídolo, y fue a través de su música fascinante que un muchacho se convirtió en soñador, imaginando que un día, en el mágico teatro de la mítica ciudad de los rascacielos, él tocaría y se consagraría como músico de jazz. Pero, como dice el viejo refrán, una cosa piensa el borracho y otra el bodeguero. Así, un buen día (o no tan bueno) llegó el Comandante y puso fin a mis sueños de New York. Un enorme signo de fermata, como nube gris amenazadora, flotaba sobre un compás de espera. En poco tiempo, el jazz se convirtió en una mala palabra —música imperialista— por decreto de los autodesignados dirigentes de la cultura cubana, y como consecuencia todos tuvimos que irnos con la música a otra parte. Para una isla habitada por gente de los más diversos orígenes, nunca fue más cierto y palpable lo de “yo vengo de todas partes y hacia todas partes voy”, como hubiera dicho José Martí. Muchos años después, en una fría noche de invierno, actué en un gran tributo al Rey del Swing en el Lincoln Center, con la orquesta de Wynton Marsalis. Al final del concierto, una limusina esperaba plácidamente para llevarme a casa, al otro lado del Hudson. Mientras avanzábamos por Broadway hacia Times Square, las bocinas, el trajín aturdidor de los neoyorquinos, los autos de alquiler amarillos convergiendo en el brillante asfalto y los copos de nieve cayendo sobre la ciudad iluminada, creaban una escena de cinta de Hollywood. En el túnel Lincoln encendí una luz en el lujoso asiento trasero del carro y me entretuve leyendo un artículo sobre la folclorista cubana Lidia Cabrera. “Descubrí Cuba en las orillas del Sena”, comentaba Lidia con sentimiento. Era en los sesenta, y recientemente se le había exiliado de Cuba al romántico París. Quien sabe si, en medio de su tristeza, la autora de El Monte había imaginado ver palmas cubanas reflejadas en las oscuras aguas que corren por la ciudad de las luces. O quizá habría oído el sonido de los tambores Batá en el repicar de las campanas de Nuestra Señora. En aquel momento, sentimientos similares invadieron mi alma. Miré, a través de la ventana nevada del carro, al otro lado del río congelado y, desde las luces nocturnas de los altos y brillantes rascacielos, mis pensamientos volaron hacia mi cálilda y remota patria. En la distancia, me pareció ver de nuevo la imagen de mi padre tocando su saxofón tenor, acompañando el tocadiscos con la música de Benny Goodman —la misma música que yo acababa de tocar en el teatro de mis sueños. Sentí un nudo en la garganta, mis ojos se nublaron y una lágrima rodó por mi rostro. Había descubierto Cuba en las márgenes del Hudson. —New York, Enero de 2005 Otras historias... "La brillante caja roja del amuerzo" por Mariela Ferretti
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![]() Paquito D’Rivera, autor y músico exiliado ———————— Paquito D’ Rivera es autor de las memorias Mi vida saxual y de la novela ¡Oh, La Habana! |
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